Por Melisa Frau Lavarda
Ser un visitante ocasional de la Feria del Libro, como todos sabemos, permite observar ciertas cosas y estar allí todos los días del ciclo permite ver otras. Un acercamiento a la feria desde el interior nos revela otros matices.
A las once menos cuarto los expositores de la Feria del Libro 2011 tienen que estar preparando sus stands para que a las once de la mañana se abran las puertas al público. Ya a esa hora, casi todos los días, hay gente esperando para entrar. Por lo general, se trata de gente que no vive cerca del centro y salió a hacer otras diligencias y, al toparse con las carpas en la plaza San Martín, prefiere esperar unos minutos para ver qué les espera adentro.
El mediodía es el momento en que más flujo de personas hay. Lo acompaña un acordeonista sentado en un cantero que llena el aire de las carpas con valsecitos, pasos dobles y alguna que otra tarantela. Alguna que otra vez, una pareja entrada en años que justo sale de una carpa para entrar en otra, al escuchar la música, se pone al lado del músico y comienza a bailar. Gente los rodea y aplaude.
Los padres que tienen a los pequeños entretenidos entre los libros multicolores o los lápices para dibujar empiezan a apurarlos para “ir a comer que llegás tarde al colegio”. El tránsito de los pasillos de las carpas al mediodía, también, es más rápido; transeúntes ocasionales prefieren, aunque se dirigen a otro lugar, pasar velozmente por la carpa en vez de los costados para ver fugazmente los puestos. También, se ven pasar mozos apurados de los bares aledaños que llevan comidas encargadas al personal de algunos stands.
A esas horas, además, comienzan a pasar más seguido los numerosos estudiantes de arquitectura de distintos años: les han asignado una tarea de relevamiento de la disposición espacial de cada cubículo. Así es que fotografían las instalaciones y, en grupos, se paran frente a los puestos y se ponen a debatir y a llenar planillas. Parece que la feria del libro es un acontecimiento muy tenido en cuenta en diversas áreas de la educación; chicos también de los secundarios se acercan a hacer entrevistas que graban en celulares. La mayoría de las preguntas están relacionadas con el libro en la era digital, con la cantidad de gente que viene a la feria y con los libros que más se venden. Aparentan estar nerviosos al entrevistar: acercan el teléfono/micrófono a su boca cuando el entrevistado está hablando y viceversa.
Sumado a estos “visitantes” podemos ubicar el grupo de los “eternos desinformados” que atacan a los puesteros que más cerca están de las puertas con preguntas sobre las actividades de la feria, los horarios de la feria, los nombres de TODAS las editoriales de la feria y sobre la hora de cierre del Banco Nación y Banco Francés.
También, están los pequeños que corren y los retan, los que comen helado y los guardias se lo prohíben (no se puede ingresar con alimentos a la feria) y los que lloran porque se quieren o no se quieren ir o quieren “las dos cosas”: comer el helado y pegotear los libros con él. Eventualmente, llora un niño extraviado que perdió a sus padres entre las hojas de una enciclopedia gigante en algún stand.
Hay gente que se queja del precio de los libros, gente contenta que consiguió La Odisea por diez pesos. Hay gente que va muchas veces, gente que no, abuelos que caminan muy despacito, gente que se tropieza con algunas tablas desniveladas del piso de madera flotante. La feria del libro contiene decenas de personajes y situaciones que la resignifican para quien estuvo allí diariamente. La feria también es un lugar de encuentros y desencuentros, anécdotas de lectores y lectores en potencia. Es un lugar de historias para contar: las que allí se producen y las que allí están, envueltas en libros que, como tantos otros, esperan que los halle su lector.
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